sábado, 25 de julio de 2015

Actividades Culturales Agosto 2015


In Memoriam




El 3 de junio despedimos a Jesús Andrés, socio fundador de nuestra Asociación y miembro de su Junta Directiva hasta hace apenas tres años.

Hay dos formas de pasar por la vida: de puntillas, sin dejar rastro de tu existencia o marcando camino y dejando huella allí por donde pisas. Así pasó Jesu, transmitiendo su optimismo y sus ganas de vivir a los que tuvimos la suerte de conocerlo. Su entusiasmo era contagioso y enorme su capacidad para generar alegría. Un hombre bueno, parafraseando a Machado, en el buen sentido de la palabra bueno. La vida se ha empeñado en arrebatárnoslo antes de tiempo pero no lo ha  conseguido, él ya vive para siempre en nuestros corazones.
 


             Hasta siempre, Jesu.

martes, 2 de septiembre de 2014

Entrega de premios de la III edición del Concurso de Microrrelatos "Leonardo Barriada"

El pasado 15 de Agosto se celebró en la Escuela de Soto de Sajambre el acto oficial de entrega de premios de la III edición del Concurso de Microrrelatos "Leonardo Barriada" con la presencia del ganador D. José Manuel Gómez Vega y la madre, y hermana del segundo clasificado, Ricardo Casado Chacón. ¿Queréis escuchar lo que dicen de sí mismos?

José Manuel Gómez Vega.        

Ricardo Casado Chacón.          


Y ahora podeis escuchar los relatos ganadores.

Primer premio

EL CONCEJO DEL AÑO


Autor: JOSÉ MANUEL GOMEZ VEGA

Segundo premio

UN RECUERDO


Autor: RICARDO CASADO CHACON

miércoles, 13 de agosto de 2014

lunes, 7 de julio de 2014

LOS 10 RELATOS FINALISTAS DEL III CONCURSO “LEONARDO BARRIADA”.

Estos son los 10 finalistas, déjanos tu comentario.

EL OYENTE

José Andrés Antón Canto

Aquel hombre ya mayor, vestido de negro, con los lustrosos zapatos también oscuros, había tomado asiento en la soledad de uno de los bancos de madera al fondo de la entelada y vetusta Sala de Reuniones. Antes de entrar, tras descender con cierta torpeza del modesto carruaje, los mendigos y los desarrapados muchachos se habían mofado de su aspecto sin misericordia.

Asistió impertérrito a la asamblea que debía acordar esa misma mañana el voto afirmativo o denegatorio al suministro de bienes, fondos y personas, de consuno con los otros Concejos de la comarca, para el abastecimiento de la ansiada guerra contra la odiada Inglaterra.

Poco antes de acabar la reunión, el forastero la abandonó con sigilo. Una mueca de satisfacción podía adivinarse en su rostro enfermo mientras los chicos redoblaban sus crueles chanzas. El cochero atizó con violencia a los caballos dejando una espesa estela de polvo en su apresurada marcha.

Mas retornemos a la Casa del Concejo. Levantada ya la sesión, sin apenas poder incorporarse de la silla, le temblaba todo el cuerpo al anciano Secretario. Solo él, hombre muy viajado y de vasta cultura, pareció haber reconocido en aquel oyente enigmático al rey Felipe de España.

ORGANIZANDO LA AYUDA

Luisa Hurtado González

La campana viene sonando todos los días desde hace dos semanas. De modo que, cuando cae el sol, los vecinos nos reunimos para seguir con las deliberaciones y las decisiones tomadas por mayoría. Viéndonos cualquiera podría pensar que tenemos al pueblo, a las tierras y a los animales, desatendidos y sin directrices; pero lo cierto es que el verano pasa sobre nuestras casas tan sin noticias y sin problemas como ha pasado siempre. De momento hemos decidido mantener la educación y la compostura; comprendemos que al Hortensio, con la muerte de su mujer, la casa se le cae encima y el concejo viene a suplir su acuciante necesidad de consuelo, conversación, apoyo y ayuda.

No obstante el viernes pasado, por la mañana, en una era que queda lejos de las que él transita, nos volvimos a reunir. Decidimos que, si pasado el verano, no acababa por sentirse menos solo y más dueño de su casa y de su vida, no haríamos chistes ni veríamos con malos ojos que la buena de Delia, que se ofreció voluntaria, tomase la iniciativa y se hiciera cargo de él de la mejor forma que pueda.  

EL CONCEJO DEL AÑO

José Manuel Gómez Vega

Una Marzo pizpireta se puso en pie para recibir el bastón de mayordomo de manos del escuálido Febrero. Los meses se sentaban sobre doce piedras milenarias colocadas en círculo al pie del campanario del año. Siempre era igual, tras las tres campanadas de Marzo, el concejo se dividía entre quienes pedían alargar el invierno y quienes pedían adelantar la primavera. Por eso Marzo era tan impredecible: un día podía decretar una helada a petición de la vieja Diciembre, y al día siguiente calorcito a propuesta de Agosto. (Por cierto, la proximidad de éste a Julio era fuente constante de habladurías, porque la mitad de los concejos compartían manta maragata y la otra mitad se aplicaban uno al otro cremas bronceadoras).

Aquellos concejos, celebrados cada primero de mes, mantenían al año unido. Unas veces cedían unos y otras otros: ése era el espíritu. Además, cada mayordomo debía ofrecer un convite y contar una historia, algo siempre bienvenido. Marzo se había presentado este año con doce pomelos que dijo fortalecían el sistema inmunológico, y había repetido la historia de unas abejas aventureras. A este respecto el consenso era unánime: el misterioso Noviembre, con sus castañas asadas e historias de fantasmas, resultaba insuperable.

EL CORAZÓN DE LA TORMENTA

Oscar Royo Royo

La última resolución del concejo fue a todas luces desesperada. No se parecía a ninguna de las anteriores medidas que la asamblea de vecinos, reunida en la plaza del pueblo, había tomado desde que comenzó la sequía. De poco había servido arreglar las acequias para ahorrar agua; no llovía desde hacía tres años y el valle entero agonizaba ocre, polvoriento y triste.

Siguiendo las indicaciones del concejo, todos los vecinos del pueblo acudieron a lo más profundo del Bosque de Salambre y, una vez allí, enterraron junto a los manantiales secos las cartas de amor que nunca se atrevieron a enviar, susurraron a los pozos vacíos las palabras que jamás dijeron a sus seres queridos y gritaron, junto al viento que aullaba entre las ramas secas de los robles, por cada dolor secreto que marchitaba sus corazones.

No se pusieron de acuerdo en lo que sucedió a continuación. Unos hablaron de un roce de cerrojos abriéndose a su alrededor en el bosque; otros, del alivio de algo que comenzaba a desatarse encerrado en su pecho... pero lo cierto es que todos, por primera vez en tres años, empezaron a llorar.

Sólo entonces, lentamente, comenzó a llover sobre el valle.

DE LEY

Miguel Jiménez Salvador
Han de saber Vuestras Mercedes que, el que será el más ilustre hijo de esta orilla del Tormes, regresó a la que fuera su casa, con aspecto de llevar bastante adelantados los trámites para su tránsito al reino del Altísimo. Tanto así que sus vecinos, tras una semana de no volver a saber de él, acudieron a la iglesia. El tañido de la campana convocó al Concejo. Se presentaron todas sus gentes, como les era ordenado, a excepción del buen Lázaro, claro. Tras largas horas de discusión, ya bien entrada la noche, diéronlo por traspasado y sabiéndolo solo, le organizaron un sentido velorio. Y hete aquí que en medio de la emotiva procesión apareciose el finado tan pancho, arrebatando de sus perplejos paisanos, tal exclamación:

¡Anda! Pero, ¿tú no estabas muerto?
Un profeta que acertó a pasar por allá, al conocer los detalles de la noticia, fue y escribió cuatro evangelios. Otro, una rumba.

EL CAMPANERO

Yolanda Nava Miguélez

Desde que Raimundo el campanero enfermase el sonido de las campanas ya no era el mismo. Pareciera que de pronto también ellas hubiesen enfermado y sonaban lentas, perezosas, y con un deje de tristeza que mermaba el buen ánimo del pueblo. Se hablaba poco, y cuando se hacía, era con palabras espinosas como espuelas. Las comadres quemaban los guisos y mal remendaban las ropa, y las bestias, nerviosas, desobedecían las órdenes de sus amos.
Por eso el día que llamaron a concejo nadie acudió. El alcalde ordenó al alguacil ir casa por casa reclutando personal para poner a punto las piedras movidas de la plaza, para limpiar de hierbajos y brozas las cunetas y para encauzar el río que, después de las últimas lluvias, se había desbordado.
Todos se disculparon y excusaron: que si andaban con la siembra…, que si tenían los huesos doloridos... De nada sirvió mencionar la abundante merienda de escabeche y vino que vendría después.

Pero, de pronto, las campanas empezaron a tañer llamando con el lenguaje de siempre a todo el pueblo. En el tercer toque Raimundo cerró los ojos, su último pensamiento estuvo lleno de pesadumbre: ¿quién tocaría para llamar a su funeral? 

UN RECUERDO

Ricardo Casado Chacón

La casa está derruída, nada se me perdió allí hasta ahora. Algunas fotos, un lamentable futuro y sólo este recuerdo, demasiado intenso últimamente para posponer el viaje.

Su mano rugosa, todavía confortable, endurecida por heladas y su testaruda rudeza. Ese agónico respirar, sonoro, de pulmones enfermos. Apenas una docena de metros, hasta el palomar de la Ricarda enrojecían su arrugada tez. Un alto en el camino. Tos. Alarido. Mueca de salmón fuera del agua. Frío, niebla. Cigarro. Su mano es yugo en mi cuello -quizá para que no le vea fumar. Lo tenía prohibido. ¿Qué ves allí, rapaz? Hayas, un buey, vacas, no veo pero oigo ovejas y el río. Y el imposible olor húmedo y seco a la vez, ahora lo huelo, su olor. El tañir de la campana. Se incorpora y seguimos la marcha hacia la iglesia que está más cerca. Reunión de pastores...
- ¿Qué traes ahí, Torcuato? Mejor estaría jugando "marro" con los otros.
- El nieto se viene al concejo con su agüelo.... a ver si aprende algo, que mañana marcha a Madrid.


Me he subido a la tinaja grande de la bodega para encontrar un cigarro escondido cuatro décadas atrás. Ese imposible olor.  

GAMBITO DE REY

Susana Romero Martín

Los contrincantes entraron en la sala, serios y circunspectos. Se oyeron apenas unos aplausos, silenciados por el resto de espectadores.
Kárpov y Kaspárov se acercaron, se dieron la mano y se sentaron ante el tablero.
Kárpov jugaba con blancas. Las cámaras de medio mundo estaban pendientes de cada movimiento. Entrecerró los ojos y los dirigió al tablero, preparándose para una apertura clásica.Sin embargo, para su sorpresa, en lugar del peón elegido para el sacrificio se encontró a la dama, envarada e incómoda en una casilla demasiado expuesta.

Ni la tradición del juego, ni la importancia del mundial, nada, no hubo forma de convencerles. Una vez que los peones, reunidos en concejo abierto, habían decidido que, a partir de ese momento, los reyes y damas ocuparían la vanguardia, solo quedó cambiar las reglas del juego. 

UN ISLOTE DE PAZ

Miguel Ángel Pérez García

La reunión del Concejo concluyó tentando a la medianoche, pero con una decisión tomada. Con las primeras luces del nuevo día todos los vecinos se levantaron y ocuparon sus puestos. Los ancianos fueron a cuidar a los más pequeños, los adolescentes quedaron al cargo de la comida y cada hombre y mujer en edad de trabajar se dirigió a la linde el pueblo. Allí comenzaron a cavar y cavar tal como estaba planeado, guardando la mitad de la tierra para sí y lanzando el resto fuera de su término. Cavaban de sol a luna y descansaban lo justo. Fueron dejando únicamente una lengua de tierra a modo de puente. Cavaron tan hondo que finalmente emergió el mar por la brecha abierta. Entonces, el Presidente del Concejo cavó con rabia, jaleado por los vecinos, hasta eliminar la lengua que los unía a tierra firme.

Ahora su aldea surca el mar a la deriva, pero ya nadie les va a decir que deben hacer o pensar, ni en uno ni en otro sentido, tal como decidieron ellos. 

EL VERDADERO CONCEJO

Nicolás Jarque Alegre


El viento primaveral, que baja feliz del Puerto del Pontón, acaricia las campanas de Nuestra Señora de las Nieves, provocando un tañido dulce. Un repicar solo perceptible para oídos avezados, que reclama la presencia de los paisanos que han de reunirse. Así, llegan desde la Majada de Vegabaño, la Senda del Arcediano, del pueblo, León, Madrid e incluso desde México y otros rincones los miembros del concejo de Sajambre. A medida que van apareciendo por la iglesia, los convocados se reencuentran con besos, abrazos, nostalgias compartidas… Una algarabía que solo se detiene cuando el silencio absoluto coloca a cada uno en su sitio. Entonces, se cierran las puertas de la parroquia y Adán, el más longevo de todos, abre la sesión.

Tiempo después, mucho o poco según a quién se le pregunte, el concejo determina, como en años anteriores, el tema para el concurso de relatos «Leonardo Barriada», eligiendo para esta tercera edición, precisamente, el concejo y, además, acuerdan mantener la campaña infalible de sueños bucólicos para influir en los organizadores. De esta manera, tras numerosos vítores a Soto, se clausura el concejo y las almas se van despidiendo hasta al año próximo, si Dios quiere.

jueves, 5 de junio de 2014

Cristian Martín Ríos, ganador de la pasada edición y jurado en ésta, nos regala un relato sobre el tema de este año, "El Concejo". Gracias, Cristian, por tu relato y por tu generosidad.

Disfrutadlo y animaros a participar. Esperamos vuestros relatos.

"OTRO AÑO MÁS"
Tres llaves distintas, guardadas por manos distintas, abrieron los cerrojos
del arca del concejo. Dentro descansaban la vara de cuentas, documentos que
casi nadie podía leer, y una copa de plata grabada en latín que la tradición
retrasaba hasta los siglos medievales.
Todos los vecinos habían sido llamados a la reunión. Allí, hablaron de las
fechas y el calendario, de la niebla que desde hacía un par de días
resbalaba por las laderas hasta cubrir el fondo del valle y de cómo hacer
frente a las bestias del bosque. No tardarían en caer desde las montañas
empujadas por el hambre.
La tarde avanzó entre discusiones a viva voz. Con las últimas luces del día
acordaron fijar puestos de vigilancia a partir del siguiente amanecer. La
tragedia del invierno pasado había abierto una terrible herida en la
comunidad. Para cerrar el encuentro, el vino del concejo fue servido en la
copa de plata y cada vecino bebió un pequeño sorbo. Pero alguien la dejó
caer al suelo. El aullido les heló la sangre. Después se escucharon muchos
más. Las bestias también se habían reunido y volvían al pueblo buscando
presas. Como el invierno pasado, pero esta vez, era demasiado pronto.  

miércoles, 30 de abril de 2014

III Concurso de Microrrelato



La Asociación Félix de Martino de Soto de Sajambre convoca el III Concurso de Microrrelato "LEONARDO BARRIADA" pincha aquí para leer las bases del concurso.



viernes, 30 de agosto de 2013

II edición del Concurso de Relatos Leonardo Barriada en "La Radio en Colectivo"

El pasado 22 de Agosto, Nicolás Jarque Alegre, miembro del jurado de esta edición, dedicó en exclusiva el programa que presenta "La Radio en Colectivo" de Radio Mislata a la II edición del Concurso de Relatos Leonardo Barriada, con entrevistas a Esperanza Temprano, Secretaria de la Asociación; Mar González Mena, segundo premio de esta edición y Cristian Martín Ríos, ganador del concurso.

Puedes escuchar el programa aquí.


martes, 23 de julio de 2013

¡¡¡YA TENEMOS GANADORES!!!

Me confirma el jurado que ha sido una tarea difícil y me lo creo, solo hay que leer los relatos de los diez finalistas. El primer premio se va para Castellón de la Plana de la mano de Cristian Martín Ríos y su relato “Filandón” y el segundo le ha correspondido a Mar González Mena de Burgos con su relato “Carmencita”. ¡¡Enhorabuena a los dos!!

Quiero hacer una mención especial a Kalton Bruhl y a su relato “Costumbres” que se quedó fuera del pódium por circunstancias insalvables y a Mª Isabel Martínez Montoro porque su “Aracne” estuvo pujando, hasta el último momento, por el segundo puesto con “Carmencita”.

A todos los que habéis participado agradeceros vuestra aportación y animaros a seguir participando en próximas ediciones.

Y por supuesto dar las gracias a nuestro jurado, Mercedes García Llano y Nicolás Jarque Alegre, por la tarea que han desempeñado con gran dedicación y extraordinario criterio.

El acto de entrega oficial de los premios tendrá lugar el próximo día 15 de Agosto a las 19:30 horas en la Escuela de Soto de Sajambre. Estáis invitados.

PRIMER PREMIO

FILANDON”

AUTOR: CRISTIAN MARTÍN RÍOS



Afortunadamente la tempestad se había detenido y el viento ya no azotaba furioso los postigos del ventanal. En el regazo acogedor de aquella cocina que no era sino el corazón del hogar, varios rostros se iluminaban entre destellos rojos y anaranjados en torno al fuego del brasero. La dama enlutada, doña Emilia, mascullaba lamentos por la ausencia de cuantos ya no estaban presentes en aquellas reuniones. El hueco más grande lo había dejado su difunto marido. Le llamaban Severino el Cojo. En su juventud, mientras pastoreaba el rebaño, fue atacado por lobos. La pierna que le arrancaron las bestias acabó reemplazada por un bastón de madera. Pero aquel trágico episodio no dejó mella en su bondadoso espíritu. Disfrutaba apasionado de las chanzas, de las manos hábiles de las señoras con el hilo, la talla masculina de la madera y la sensación de abrigo al calor de las palabras. Pero todo eso había terminado. Todo tiene un final. Igual que aquel encuentro, que concluyó cuando se silenciaron las buenas historias. Los primeros hombres se irguieron satisfechos, se abrigaron y abandonaron el bochorno de la estancia para empujar el portón de la entrada. El ambiente glacial arañó los rostros adormilados mientras la quietud gobernaba las calles. A sus pies, una espesa nevada ocultaba la tierra. Y algo más. Alguien había estado escuchando. Unas huellas en la nieve se alejaban desde la puerta. Señales de una bota derecha y de un bastón. Asustados entraron de nuevo. La velada no había terminado.

SEGUNDO PREMIO

CARMENCITA”

AUTORA: MAR GONZÁLEZ MENA



Desde que tengo memoria, me gusta sentarme junto al fuego en el pequeño tajo que la abuela utilizaba para llegar a los armarios más altos. Ella siempre me regañaba - ¡Niña! Aparta de la lumbre que te vas a achicharrar y a quedar churruscadita como los lechoncillos – Pero después ponía esa sonrisa picarona y me daba unas almendras que sacaba del bolsillo del delantal. ¡La de cosas que cabían en ese trozo de tela descolorida!
El resto nunca me hace caso. Van a lo suyo y no paran de hablar. No me importa. Me encanta escuchar historias. El Manuel, el de la panadería, le tira los tejos a la hija de la Antonia. Pero no de los de verdad, que esos hacen daño, sino bonitos, como las flores, que no dan de comer pero gustan. Eso dice la Dolores, la vecina de enfrente, que falta muchos días porque se pone mala de lo suyo. Ya nadie le pregunta.
Palabras y puntadas tejen la noche. Pocas veces se hace el silencio y, entonces, se oye el crepitar de la leña quemándose y el viento tras las paredes de piedra. En invierno nieva y todas dejan las almadreñas en la puerta. Faltan las mías. Mamá las guardó cuando me cayó encima aquella teja. Desde entonces no me habla. Yo he dejado de intentarlo. Pero algunas noches, antes de que lleguen las vecinas, ella acerca el tajo al fuego y siento que me deja una caricia en el aire.




jueves, 4 de julio de 2013

FINALISTAS DEL II CONCURSO DE RELATO BREVE LEONARDO BARRIADA


Estos son los 10 finalistas, déjanos tu comentario, tambien nos puedes seguir en facebook https://www.facebook.com/events/546626198692247/



Relato nº 10



Carmencita

Desde que tengo memoria, me gusta sentarme junto al fuego en el pequeño tajo que la abuela utilizaba para llegar a los armarios más altos. Ella siempre me regañaba - ¡Niña! Aparta de la lumbre que te vas a achicharrar y a quedar churruscadita como los lechoncillos – Pero después ponía esa sonrisa picarona y me daba unas almendras que sacaba del bolsillo del delantal. ¡La de cosas que cabían en ese trozo de tela descolorida!
El resto nunca me hace caso. Van a lo suyo y no paran de hablar. No me importa. Me encanta escuchar historias. El Manuel, el de la panadería, le tira los tejos a la hija de la Antonia. Pero no de los de verdad, que esos hacen daño, sino bonitos, como las flores, que no dan de comer pero gustan. Eso dice la Dolores, la vecina de enfrente, que falta muchos días porque se pone mala de lo suyo. Ya nadie le pregunta. 
Palabras y puntadas tejen la noche. Pocas veces se hace el silencio y, entonces, se oye el crepitar de la leña quemándose y el viento tras las paredes de piedra. En invierno nieva y todas dejan las almadreñas en la puerta. Faltan las mías. Mamá las guardó cuando me cayó encima aquella teja. Desde entonces no me habla. Yo he dejado de intentarlo. Pero algunas noches, antes de que lleguen las vecinas, ella acerca el tajo al fuego y siento que me deja una caricia en el aire.


Autora: Mar González Mena (Burgos)

Relato nº 21




Nada como la seda


A los ojos de quien entraba por vez primera a la hilatura, aquella chimenea se encendía con troncos de madera de nogal, piñas, pañuelos y ramas. A los ojos de quienes iban con frecuencia a la cocina de Cristina Peciña, aquella lumbre ardía con quesos franceses, bombones belgas y joyas de Sudamérica que enviaban duques y marqueses para conquistar a la virginal propietaria.
La hilandera Peciña no alardeaba de su castidad y tampoco se ofendía cuando el resto de mujeres cuchicheaba por lo bajini si despreciaba, con mucho salero, a hombres por los que ellas hilarían hasta escocerles los dedos. Cristina arrojaba al fuego los regalos que le traían y volvía de nuevo a coger su huso para rematar el ovillo en la devanadera.
Aunque, en realidad, nunca se armó tanto revuelo entre los presentes como el día en el que Songo’o llegó a la hilatura, con el pelo enmarañado y la piel oscurecida por varias generaciones de ojos de cacao y cuerpo de carbón castaño. Songo’o preguntó por la hilandera ante el asombro de viejos resabiados y chismosas, que imaginaban un desplante ejemplar. En cambio, a pesar de que se sabía que Cristina era contraria a las costumbres del momento, nadie se esperó que aquella noche gritaran como locos los hierros de su somier solo porque el invitado de color negro abriera su maleta y dijera: “seda buena, mejor seda de África Occidental”.

Seudónimo: Miguel Lora (Zaragoza)


Relato nº 15




Costumbres

Me escondí tras el dintel de la puerta de la cocina. Mi abuela y sus hermanas, al calor de la lumbre, hilaban lana y remembranzas. Cerré los ojos y sonreí, sabiendo, que tarde o temprano, comenzarían a hablar de mí. “Nunca conocí un chiquillo más terrible”, dijo la abuela torciendo el gesto, “siempre me echaba a perder los huevos del gallinero sentándose sobre ellos. Juraba que algún día lograría empollar uno de ellos”. Yo ahogué una risa evocando las imágenes. De pronto mi abuela y sus hermanas se quedaron calladas. Era mamá que entraba en la cocina. Se quedó de pie con los brazos colgando a los lados y la mirada triste fija en la chimenea apagada. Sabía que mamá no podía ver a la abuela, como tampoco podía verme a mí. La muerte es extraña, lo comprendí cuando caí del árbol. Aunque habitemos una misma casa, cada quien mora en su propio tiempo y espacio. Lo único que puede unirnos son las costumbres, las tradiciones. La hila me unía con mi abuela y sus hermanas. A mamá nunca le interesó, siempre buscaba una excusa para alejarse de la cocina durante el invierno. Fue una verdadera lástima, porque por esa razón, de entre todos nosotros, era la muerta más solitaria de la casa.

Autor: Kalton Bruhl (Honduras)

Relato nº 33





El fuego que nunca se apaga

Nunca había visto aquella caja. Recuerdo que, tan pronto empezó a nevar, mi abuela se levantó, salió de la cocina y regresó con ella debajo del brazo. No tardé en preguntarle qué contenía. Mi abuela me contó entonces una historia de la que nunca había oído hablar, una de sus conseyes que tanto me gustaba escuchar junto al fuego.
Me habló de una muchacha que se vio sorprendida en el bosque por la peor nevada que nunca haya caído en el valle de Sajambre. Desorientada en mitad del temporal, la joven se refugió bajo una roca donde consiguió prender un pequeño fuego para intentar entrar en calor. Temblando de frío, sacó del bolsillo una carta de su novio y la leyó una y otra vez como si buscara en cada palabra escrita en aquel papel el calor que tanto le faltaba. Apenas había luz, el fuego se apagaba y, con él, sus esperanzas de volver a ver a su prometido nunca más. La muchacha hizo entonces un juramento a aquel pequeño fuego: Si continuaba encendido hasta que consiguieran encontrarla, ella, a cambio, cada noche que nevara entregaría a las llamas lo que más amaba.
¿Y qué pasó?— recuerdo que pregunté.
Mi abuela no dijo nada. Abrió la caja, sacó una vieja carta de mi abuelo y, cerrando los ojos, le dio un beso. Con un cariño infinito, como hizo aquella noche de tormenta de hace ya tantos años, dejo la carta en el fuego. Me miró con dulzura y sonrió.


Autor: Oscar Royo Royo (Barcelona)

Relato nº 35



El sueño de Adela

Las hojas de los árboles se mecían con la fuerza singular del viento, tratando de permanecer atadas a esas ramas que las vieron despuntar. El ruido era ensordecedor y resultaba harto complicado avanzar a pie por aquel pasillo de naturaleza que flanqueaba la enorme casa de Adela.
Su madre la esperaba alrededor de la lumbre, al igual que las otras tres mujeres que hilaban a su lado, ajenas al frío que aún invadía el cuerpo de la niña. El olor de la lana era singular, al igual que la sutileza con la cual las mujeres la trataban. Adela asió un trozo de pan y se sentó en un oscuro taburete, teñido por el paso del tiempo y el calor de las llamas. Observaba con curiosidad las manos que lograban transformar la salvaje lana, en hebras tan finas y delicadas que hacían volar su imaginación. Miró las suyas, dudando de que alguna vez alcanzaran el tamaño necesario para poder hilar. Y aunque ella pensaba que nadie reparaba en sus pensamientos, los ojos de su madre veían más allá. Así que, sin dejar de conversar con sus vecinas, hizo un gesto de cabeza que su hija comprendió sin demora alguna. Adela dejó el pan, se levantó y se acercó a su madre a la espera de su próxima premisa. Pero para su sorpresa, la sentó en su regazo, asió sus manos y por primera vez, Adela sintió la magia de su tacto bajo sus aún diminutos dedos.


Autora: Silvia Ares Álvarez-Ron (Huesca)

Relato nº 29



Amor de cenizas

Afuera el aire hilaba quejumbres, ululando con desconsuelo. Alguna ráfaga curiosa se colaba por el tiro de la chimenea, removiendo las llamas. Un mar de sombras se estremecía sobre las paredes, inventando rasgos apócrifos y callosos sobre los rostros de las mujeres y hombres, las unas hilando en silencio y los otros contando historias a las que todas prestábamos oídos, los ojos pendientes de la recua, las orejas de las leyendas, todos sin perder puntada.
La verdad es que yo prestaba más atención al hijo de Felisa que a la tarea de hilar, desatendiendo las regañinas que mi madre me lanzaba con la mirada.
Cierto día, mientras los hombres apuraban unas botellas de sidra, se me ocurrió atizar el fuego. Mientras removía las brasas con el hurgón, se me ocurrió escribir en las cenizas el nombre del chico que me tenía el corazón en ascuas. Noté unos ojos clavados en mi nuca. Me giré. Su mirada encendida acarició mi cuerpo. Una llamarada de fuego asoló mis entrañas. Bajé mi vista. Él sonreía. Removí las cenizas para borrar su nombre. Me senté junto a las mujeres. Él se acercó al fuego para calentarse las manos. Al marcharse me entregó un papel. No me atreví a leerlo hasta que me fui a la cama, a la luz del candil. Me decía que también me quería. Sorprendida, me acerqué hasta la lumbre. En las cenizas, dentro de un corazón dibujado, estaba escrito mi nombre, junto al suyo, el que yo creí haber borrado.

Autor: Juan Carlos Pérez López (Sevilla)

Relato nº 45



Hilando nubes

No era la primera vez que tardaba. Jacinta desconocía la puntualidad. De las tres... Era la más joven. Seis años menor. Eso sí, discutidora como ninguna. Decidora nata. El alma de la hila. Pero esta vez, no le podíamos reñir por su tardanza. La ocasión no se lo merecía. Verla aparecer, nos devolvió a la vida; al más allá de los recuerdos.
Ante su presencia, retrocedimos hasta la añeja realidad de los inviernos, a sus heladas súplicas al pie de la ventana, a las noches drásticas que tanto asustan a los vivos, a la soledad colectiva de nuestra cocina campurriana, a sus sombras arrinconadas, al hálito ahumado de sus paredes desconchadas: espías visibles de todas las tertulias.
Con su llegada, el badil recuperó el sobresalto en sus reposos. Volvíamos a mediar, con ollas y pucheros, en la eterna disputa entre el llar y la alta lumbre. Fue como dejar pasear a la voz por el silencio y volver a doblegar la rebeldía de la lana con las bastas caricias de la carda. Era asistir a la congénita afonía de la rueca, a sus malogradas audiciones ante un canasto ahitado de cansadas y esbeltas hilaturas.
Ver a la Jacinta, fue abandonar la rutina habitual de los difuntos y confirmar que la hila no muere con los vivos. Que aún nos quedaban por hilar vellones de nubes en el cielo.


Autor: José Antonio Tejeda Cárdenas (Letonia)

Relato nº 67



Filandón

Afortunadamente la tempestad se había detenido y el viento ya no azotaba furioso los postigos del ventanal. En el regazo acogedor de aquella cocina que no era sino el corazón del hogar, varios rostros se iluminaban entre destellos rojos y anaranjados en torno al fuego del brasero. La dama enlutada, doña Emilia, mascullaba lamentos por la ausencia de cuantos ya no estaban presentes en aquellas reuniones. El hueco más grande lo había dejado su difunto marido. Le llamaban Severino el Cojo. En su juventud, mientras pastoreaba el rebaño, fue atacado por lobos. La pierna que le arrancaron las bestias acabó reemplazada por un bastón de madera. Pero aquel trágico episodio no dejó mella en su bondadoso espíritu. Disfrutaba apasionado de las chanzas, de las manos hábiles de las señoras con el hilo, la talla masculina de la madera y la sensación de abrigo al calor de las palabras. Pero todo eso había terminado. Todo tiene un final. Igual que aquel encuentro, que concluyó cuando se silenciaron las buenas historias. Los primeros hombres se irguieron satisfechos, se abrigaron y abandonaron el bochorno de la estancia para empujar el portón de la entrada. El ambiente glacial arañó los rostros adormilados mientras la quietud gobernaba las calles. A sus pies, una espesa nevada ocultaba la tierra. Y algo más. Alguien había estado escuchando. Unas huellas en la nieve se alejaban desde la puerta. Señales de una bota derecha y de un bastón. Asustados entraron de nuevo. La velada no había terminado.

Autor: Cristian Martín Ríos (Castellón de la Plana)


Relato nº 72



Consejas

"Era Sindra, la preferida de Uruk, tan risueña y juguetona como poco habilidosa en la labor. Por ello la poderosa Neiga, que no la miraba con buenos ojos, anunció que casaría a su hijo con la moza que tejiera los lienzos más delicados para cobijar su lecho de bodas.
Aunque Sindra ponía todo su empeño, el lino torcido por sus manos se convertía en hilo desigual y quebradizo, imposible de trabajar. Para no renunciar a sus amores decidió invocar a la Luna, que se comprometió a ayudarla. Cuando oscureció dos rayos plateados penetraron por el ventanuco de su alcoba y la muchacha, enrollándolos en el huso, obtuvo con facilidad una hebra fina y resistente. Durante veintiocho jornadas hiló de noche y se afanó en el telar durante el día hasta que presentó a Neiga el más hermoso juego de sábanas que imaginarse pueda.
Furiosa una, ilusionada otra, aguardaron al novio para anunciar el compromiso, pero los cazadores regresaron a la aldea y Uruk no los acompañaba. Todos confiaban en su regreso, pues era buen conocedor del terreno, mas fue tan negra aquella noche que debió perder la pista. De mañana encontraron su cuerpo en el fondo del desfiladero. Sindra, viéndolo muerto, hundió en su corazón el puñal del amado y fueron las sábanas de luna sudario compartido de los amantes."
La vieja concluye su cuento. Las mozas, desganadas, retoman sus ruecas. Pese a todo, ellas prefieren las risas al trabajo y seguirán confiando, sin escarmiento, en la Luna traicionera.


Autora: Elisa de Armas (Sevilla) 

Relato nº 68



Aracne

Llegó al pueblo bastante entrado el invierno. Se instaló en la casita que habían dispuesto para ella, era acogedora, limpia, quizás un poco fría. No divisó la escuela, le extrañó porque acostumbraba a estar cerca de su residencia. Mientras acomodaba la ropa, una vecina se presentó y le comunicó que esa noche en su casa hilarían, estaba invitada.
Imaginó mil cosas: ¿Sería tejer? ¿Bordar? ¿A qué llamarían hilar en pleno siglo XXI? Su mente no paró de idear y acabó haciendo conjeturas de lo más disparatadas.
Pensó en llevar algún presente, no tenía tiempo para preparar nada, miró las maletas y tomó una botella de vino de su tierra ¡Perfecto!
Al golpear aquella puerta un escalofrío le recorrió la espalda. Entró y vio a una estancia en penumbra. Los contornos se dibujaban en el contraluz de las ventanas, la luna llena iluminaba con su fugaz resplandor una habitación en la que se adivinaban una decena de personas. Se pusieron en pie, ella creyó que la saludarían pero algo comenzó a pegarse en su piel, por los movimientos parecían vomitar sobre ella ¿Qué estaba sucediendo? Pronto el pánico se apoderó de sus sentidos, no podía moverse. La botella de vino que ya no sujetaba seguía pegada a su mano. Sintió cómo la trasladaban y pudo entrever una especie de almacén lleno de… ¿Crisálidas?
No eran crisálidas, era el alimento para las crías que estaban por nacer.


Autora: Mª Isabel Martínez Montoro (Cartagena)

jueves, 19 de mayo de 2011

Día Europeo de los Parques

La Asociación Félix de Martino ha sido invitada a  participar en los actos que se celebrarán con motivo del “DIA EUROPEO DE LOS PARQUES” el próximo 24 de Mayo de 2011 en el salón de actos del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino de Madrid.

Esperanza Temprano Posada, Secretaria de la Asociación, será la encargada de desarrollar una  ponencia sobre “Las antiguas Escuelas de Soto de Sajambre” dentro del programa de dicha jornada.