Finalistas VIII Concurso de Microrrelatos “El Roblón”

Siempre es difícil elegir, quedarte con unos y desechar otros supone todos los años un terrible dilema. Este año, ante tanto bueno nuestro jurado ha decidido mantener 12 finalistas, entre los cuales está el primer y segundo premio que se desvelará la semana próxima. Que disfrutéis de su lectura.

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Veinticuatro de junio
Autora: Elena Casero Viana


Si les preguntas no te responderán. Puede que percibas un cambio mínimo en su gesto, una ligera dilatación en las pupilas, un rictus en la comisura de los labios. Como mucho.
Si insistes, negarán con vehemencia que ese día que tú dices, a la misma hora, cada año, desde que la memoria es memoria, la aldea se sumerge en un silencio ensordecedor que ni los perros se atreven a romper. No te dirán que se recluyen en las casas a las ocho en punto. Que cierran los postigos y taponan cualquier resquicio en las paredes. Que acuestan a los niños en las camas de sus padres. Que una niebla pegajosa baja de la montaña y alarga su sombra por las calles. Te dirán que mientes si afirmas que una leyenda habla de una mujer, o de una niña, nadie lo sabe con seguridad. Se reirán en tu cara, te tomarán por loco pero distinguirás el miedo, una vibración entre las sílabas que confirmará tu presentimiento.
Y ante tu mirada incrédula te asegurarán que nadie, nadie en la aldea cree en las leyendas ni en las supersticiones.


Cuento
Autor: Javier León Sorribes


Cuento los minutos que faltan para cenar, los euros de la cuenta corriente, las veces que Pluto se mea en la alfombra, los seiscientos sesenta segundos de las lentejas, las canas que me aparecen -¿otra vez peluquería?-, las veces que he fregado la misma sartén. Cuento calorías, las repeticiones de los ejercicios del gym, las llamadas de mi madre diciéndome que se siente sola. Cuento mis mentiras, cada vez que mi jefe me dice que no he hecho lo que me dijo que hiciera. Los días del ciclo. Me entretengo contando todo lo que me rodea, para no pensar que está a punto de llegar mi próximo aniversario.


 Séptimo cumpleaños
Autora: Patricia Collazo


Elegí un mal día para dejar de fumar, se dijo en cuanto abrió la puerta de casa. El perro campaba a sus anchas por el pasillo con un trozo de pastel en la boca, tres niños usaban las cortinas del salón como lianas y un payaso fumaba sentado sobre el váter.
La buscó sabiendo que no la encontraría. Desde lo del accidente de Lucas, hacía cosas inexplicables, pero esto ya era demasiado.
Despidió al payaso, devolvió los niños a sus vecinos e hizo explotar cada globo.
Estaba barriendo el confeti cuando ella entró con el pelo enmarañado y el rímel dibujando una máscara absurda sobre su rostro.
- No ha venido – dijo – Ha faltado a su propio cumpleaños.
Asintiendo, él la abrazó en silencio y la ayudó a descalzarse antes de meterla en la cama. Después, encendió el primer cigarrillo del día, sin animarse a salir al balcón.



Preparativos
Autor: Lluis Talavera


Cada año, en el aniversario de su boda, mi madre nos lleva a visitar la tumba de mi padre, deja unas flores y recita una oración en silencio. Luego pronuncia un breve discurso para ayudarnos a comprender que cuando las personas mueren ya no hablan, ni comen, ni respiran y que hay que aceptarlo como algo natural. Nunca derrama una lágrima, ni estamos allí más de diez minutos. Que mi padre nos espere en casa no es un inconveniente para que celebremos esta extravagante ceremonia en la que mi madre siempre acaba murmurando entre dientes la misma frase: «Ya falta menos»



Giros inesperados
Autor: Alberto Jesús Vargas


La bañera se iba llenando de agua caliente y el cuarto de baño de un vapor que enturbiaba el espejo en el que había evitado mirarse. Resultaba paradójico que el día tan largamente esperado acabara siendo el mismo en el que su vida escapara en rojo por un triste sumidero. Ciertamente no era el mejor momento para que el timbre de la puerta sonara, pero ocurrió. Sabía que los guiones de nuestras vidas tienen giros inesperados. Uno la había obligado a cancelar, en apenas un par de días, la fiesta sorpresa que llevaba tanto tiempo preparando. Otro la situaba ante los de la pastelería que, rompiendo su momento dramático, se presentaban con una enorme tarta en forma de corazón y rotulada en chocolate con una frase que, dadas las circunstancias, resultaba una burla: “Felices bodas de plata”. Pagó una propina a los repartidores asumiendo su imperdonable olvido y ya sola frente al paisaje de crema, rompió en llanto o carcajada, ni ella misma lo supo, hasta que una lluvia interior la hizo correr escaleras arriba para cerrar el grifo y liberar el desagüe. Visto el estropicio, no tendría más remedio que llamar a los del seguro.



Imagen y semejanza 
Autora: Belén  Sáenz


Nos llamaban «las clones». Decían que yo era su reflejo, una versión bonsái de ella. Mamá condescendía porque le gustaba reproducir en nuestras cabezas su peinado favorito. Siempre con intención didáctica. Como una filosofía de vida que nos habría de mimetizar hasta el fin de nuestros días. Usaba un peine de púas largas para estirar hacia atrás la melena. Luego la retorcía y daba mil vueltas hasta formar un moño, que fijaba con redecilla e incontables horquillas negras. El día que falleció y la metimos en la caja, el bulto en la nuca que formaba el cabello hacía sobresalir su perfil aquilino. No hallaba manera de alejarme de su sombra durante todo el velatorio y deshice aquella maraña de pelo formando peinetas con mis propios dedos. Sólo hallé restos resecos de laca. Tuve que entremeter las guedejas canas en los bordes del ataúd para que los de la funeraria pudieran atornillar la tapa pero, en el último segundo, no pude resistir el anhelo de la rebeldía y dejé un mechón colgando por fuera. Hasta que se cumplió el primer aniversario de su muerte no pude reunir el valor suficiente para mirarme al espejo. Y raparme la cabeza.



Consecuencias poco conocidas del cámbio climático 
Autora: Ana Fuster


Hace un par de horas me ha sorprendido una lluvia de fechas y me ha pillado sin paraguas. El quince de abril del ochenta y nueve ha roto contra mi hombro, doloroso como la muñeca que me fracturé aquel día, cuando me caí de la bici. El treinta de junio de dos mil uno ha dejado en mi oreja un Gaudeamus idéntico al de mi ceremonia de graduación. También me ha caído un siete de octubre del noventa que no debía de ser mío, pues se ha evaporado instantáneamente sobre mi piel con un puf apagado, vacío de recuerdos.
Y ahora estoy esperándote en este café. Aún incrédulo de que hayas aceptado una cita tras varios meses de silencio. Viendo lloviznar fechas al otro lado del ventanal; dando vueltas a cómo decirte que esta lluvia me ha pillado sin paraguas; que aquel tres de marzo de dos mil doce, cuando nos enamoramos a primera vista, me ha caído en el pecho; que ha explotado en cientos de mariposas multicolores; que se me han colado por la boca; que ahora revolotean nerviosas al verte aparecer. Con un catorce de febrero enredado en el pelo. Tan guapa. Tan benditamente también sin paraguas. 



Sin descanso
Autor:  Beatriz Coira


Adolfo es un hombre difícil. La vida con él no fue sencilla. Soy la primera sorprendida al permanecer  tantos años a su lado. Por esa misma razón, no llego a entender como acepté su propuesta. 
Todo comenzó tras una de nuestras discusiones. Me costaba mucho aceptar su escepticismo así que llegamos a un trato: el primero que abandonara este mundo, si existía un más allá, encontraría la manera de hacérselo saber al otro. Parecía tan buena idea...
Mi primer paso fue cambiar nuestra fotografía de sitio – un tópico, sí- Adolfo ni se percató; luego, encendí la luz del despacho a medianoche, él buscó el problema en el interruptor y, claudicando, la apagó REPETIDAMENTE; Y ya, mi plan sublime: coloqué las cucharas con el mango hacia arriba, como  hice a lo largo de esos treinta años. Adolfo culpó a la niña y no le dio más vueltas.
A partir de ahí, cientos de cosas sin éxito alguno. Hoy hace cinco años que intento decirle que YO estaba en el cierto. 
La luz al otro lado del túnel me reclama pero recuerdo mi promesa. Hoy, como siempre, Adolfo consigue hacerme la vida imposible. Aquí, como allá, no consigo descansar en paz.



El infierno
Autor: José Miguel García Navarro


Un lugar frío y oscuro, similar a una cloaca gigante, con un permanente e intenso olor a putrefacción y azufre. Macilento y desangelado, perdura todavía maniatado en una silla de tortura con los ojos abiertos y ensangrentados, sin poder moverse, sin poder gritar. Aún con vida, pues allí nadie muere. Más correcto sería decir aún consciente, pues allí todos están muertos. De sobra conocedor del tiempo que ha transcurrido, pues eso no se olvida. Huelga explicar que el sufrimiento es eterno. Y no hay tregua, ni por buen comportamiento. Maldecir está permitido, y él maldice cada minuto lo estúpido que fue al vender su alma. A veces se pregunta qué estarán haciendo con ella. Una eternidad a cambio de algunos años bastante buenos, que no felices.

Hoy cumple nueve mil millones de años en el infierno. Y para celebrarlo, nada. Pero ya queda un año menos para la libertad. Porque firmó por un billón de años. O quizá dos. No lo recuerda bien.



Puesta de sol entre brumas
Autora: María José Escudero


Atardece. Cargada de rutina y bolsas, la sombra de una mujer atraviesa la acera. Camina distraída: va pensando en la cena. De pronto, un sobresalto la detiene y advierte, con asombro, su rostro sin luz atrapado en el cristal de un escaparate.  Se acerca, se observa y ve una puesta de sol que se aproxima, una verdad desafiante. Turbada, se lleva —en un gesto exagerado— las manos a la boca y, a punto de llorar, suspira. Pero, de repente, un hombre, de esos que saben mirar a las mujeres, se cuela en la escena y le dice con los ojos que ella es un rayo verde, que, desde que la ha visto, el otoño huele a primavera… Y, sin aviso previo, un viento cálido toma la calle y la revuelve el cabello, la tiñe de matices, la colorea. Entonces, se despoja presurosa del temor al tiempo y corre, vuela encendida hacia su casa, dispuesta a celebrarse, a sacar la tarta de dudas no resueltas que esconde en la nevera y a soplar, con una sonrisa—aunque algo melancólica—, las cincuenta velas.



Imposturas
Autor: Rafa Olivares


Precisamente el año en que se cumplía mi centenario, una tarde de julio, desde la privilegiada posición que siempre ocupé, lo vi aparecer por Las Ramblas. Vestía ropas medievales, melenita corta y maquillaje en bronce. No tardó en disponer un par de cajones en el suelo sobre los que se encaramó. Mientras en su mano izquierda llevaba lo que parecía una carta de navegación, alzó su brazo derecho y extendió el índice señalando hacia las Américas. Se mantuvo inmóvil en un burdo y grosero intento de imitarme. La idea tuvo éxito, y una multitud, que no recuerdo haber visto a mis pies en un siglo, se agolpaba a observarlo y llenaba de monedas los alrededores de su pedestal. Ofendido y humillado por tanta desconsideración e ingratitud, después de cien años de altruista y paciente pose, descendí los cincuenta metros de mi monolito y me marché a Italia a celebrar la efeméride con mi familia, a la que llevaba tiempo sin visitar.



Fuego
Autor: Sergio Capitán 


Entro en la cocina con una botella de vino en la mano, pues hay un aniversario que celebrar. La sartén chisporrotea y desprende un olor que envuelve toda la estancia, acompañado con música clásica de fondo. Cierro los ojos y la memoria olfativa me retrotrae a tiempos pasados, no necesariamente mejores, cuando mi mujer me conquistó a base de pimientos rellenos. 
No sé si me has leído el pensamiento, pero traes un sacacorchos. Es indudable que conoces mis intenciones. 
Brindamos. Bailamos. Nos besamos. Me gustaría que mis manos leyeran tu cuerpo, pero no quiero soltar la copa. Mantener su verticalidad me obliga a moverme suavemente. Me susurras al oído que al fuego le quedan unos minutos. Después de cinco años, en tu pícara sonrisa leo: “tenemos tiempo”. Vamos al sofá a dar rienda suelta al deseo. Oír esa suerte de ronroneo que emites me excita y me lleva hacia límites que pensaba no iba a poder traspasar. El tiempo se ha detenido, el vino se ha derramado y nos devoramos como si no hubiera un mañana. Huele a quemado y saltas corriendo hacia la cocina. Creo que ha sido el roce de tu barba lo que me ha dejado chisporroteando.

4 comentarios:

  1. Muy buenos todos. Enhorabuena y que gane el mejor!

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  2. Felicidades y enhorabuena a todos los finalistas. Son excelentes microrrelatos, el jurado lo tiene complicado, mucha suerte a todos.

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  3. ¡Cuánta creatividad en este tejido literario!!!!!!Chapeau!!!!!

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  4. Muchísimas gracias a la Asociación y a Mar González por la versión locutada de los relatos, ¡qué lujo y qué ilusión!

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