Finalistas XIII Concurso de Microrrelatos “El Roblón”

El jurado compuesto por Elisa de Armas y Sara Coca ha decidido que los diez relatos finalistas de la XIII edición del concurso de microrrelatos “El Roblón” son los que figuran a continuación, ordenados por riguroso orden de llegada.

Consulta las bases del concurso.




Eclipse
Manuel Molina Prados


Mi madre dejó de mirarme un martes de septiembre, a las cuatro y veinte de la tarde. No fue dramático. Estábamos pelando habas en la cocina y, de pronto, sus ojos resbalaron sobre mí como resbala el agua sobre el hule. Pasé por delante de la ventana. Nada. Le serví café. Nada. Le dije que estaba embarazada. Removió el azúcar.

Los médicos hablaron de ictus silencioso, de neuronas apagadas como bombillas baratas. Yo sabía la verdad: mi madre había decidido eclipsarme. Treinta y dos años cargando con mi sombra le habían pesado en la cervical.

Aprendí a vivir en su punto ciego. Le cocinaba lentejas que ella elogiaba mirando la pared. Le presenté a mi hija, que creció creyendo que las abuelas eran señoras que sonreían hacia otra parte.

El día que murió, abrió los ojos y me buscó. Me buscó entera, con un hambre antigua. Y entonces entendí que el eclipse, todo este tiempo, había sido yo.



Mutis

Juan José Pérez Cembellín


-Oooooooh…
-Aaaaaah….
Boquiabiertos ante el espectáculo que los dos astros nos ofrecían, aplaudimos a rabiar. En su plenitud, con el anillo de fuego como único brillo del mundo, nos invadió el éxtasis. 
Sin embargo, cuando aquel aro ardiente empezó a apagarse poco a poco, como la última vela de una tarta de cumpleaños, comprendimos que algo no iba bien. El sol no volvió a aparecer por el otro lado. Ni por arriba. Ni por abajo. Simplemente no volvió a asomar. 
Escapó de puntillas tras la luna, aprovechando que nadie podía verle. Un ghosting estelar.
Así nos dejó en la oscuridad. La luna, sin luz que la describiera, quedó reducida a un triste disco negro entre estrellas. 
Astrofísicos y profetas buscaron respuestas. Los unos exploraron el espacio en busca de nuevos brillos que delataran su paradero. Los otros auguraron fechas para el reencuentro. Ambos fracasaron.
Encendimos luces, prendimos hogueras y seguimos obedeciendo relojes sin significado. Al acostarnos rezamos para que volvieran las mañanas.
Y una noche -porque ya no había días- un niño descubrió un nuevo fulgor en el cielo. 
Las “Oooohs” y las “Aaaaahs” volvieron. Reímos y lloramos de alivio. Nos abrazamos.
Pero el sol pasó de largo.



Nocturnidad

Nuria Rozas Álvarez


El ingeniero de la capital llegó a las tres con un fajo de contratos. Nos reunió bajo el tejo de la plaza, y prometió que el Gobierno solo necesitaba los quince minutos de nuestro sol previos al eclipse de agosto para las reservas nacionales. A cambio, reabrirían el ambulatorio del pueblo. Firmamos todos, entregando aquella luz de la tarde como quien empeña un reloj de oro en el Monte de Piedad.


Llegado el momento, quedamos a oscuras antes que nadie. Esperamos sentados en las sillas de playa, con las gafas especiales que nos llevó el funcionario. No llegamos a diferenciar cuándo la luna mordió al sol.


Una hora después la claridad brillaba por su ausencia. Volvimos a las casas a tientas, sabiendo que nos habían estafado. Sin médico ni luz, muchos se marcharon. Otros alimentan su rabia viendo en la televisión las imágenes de nuestro sol, que ahora ilumina veinticuatro horas el paseo marítimo para los turistas.


Pero algunos, acostumbrados ya a la penumbra, hemos agudizado los sentidos. Ahora somos felices viviendo cabeza abajo, suspendidos de las ramas del tejo. Con los dientes bien afilados, esperamos el momento en que el Estado se encapriche también de nuestra oscuridad.


Cada año
Enrique Francesch Díaz

Sor Cristina sitúa a la clase frente al ventanal de la escuela, y los previene para la observación. Con sus babis, azul celeste los niños y rosa palo las niñas, preparan sus gafas de cartón y cristales ahumados. A la señal convenida se las ponen, y miran al sol. Un pequeño mordisco se apodera del astro brillante y se agranda por la derecha hasta ocultar toda la luz; la oscuridad se mantiene unos segundos, atrapando el silencio y el estupor del aula. El sol vuelve a surgir poco a poco, para sorpresa de los pequeños.
Finalmente, regresan a los pupitres y continúan con la tabla del tres.

Fuera, sor Gertrudis recoge el disco negro de cartón sujeto por un fino alambre, presta a guardarlo hasta el curso siguiente.


Fascinación astronómica
María José Escudero Cuevas
El señor Evaristo, astrónomo aficionado, tiene un pequeño telescopio en su habitación de la Residencia y, desde la soledad de sus noches y a pesar de la contaminación lumínica, observa en el cielo el lento recorrido de las estrellas. Es su más preciado pasatiempo.
Últimamente, en la planta de válidos donde se halla, están revolucionados con lo del eclipse. Se ven vídeos, se organizan charlas y se han repartido gafas especiales para el esperado suceso. Desde su silla de ruedas, Evaristo contempla el trajín de sus compañeros con cierto gesto de guasa porque, aunque lo lleva en secreto, él asiste a un eclipse cada día. A veces de mañana, a veces, de tarde, depende del turno de Lucinda. Cuando ella irrumpe en su espacio con uniforme blanco y melena suelta, se hace un silencio lunar y todo a su alrededor se oscurece. De repente, los grillos cantan, los pájaros se adormecen y las margaritas del jardín, desconcertadas, se encierran en sí mismas.
A menudo, Lucinda lo saluda con guiños de ternura y el hombre sonríe complacido, pero el instinto de protección le recomienda cerrar los ojos. Sabe que mirarla sin filtros provocará daños irreversibles en su viejo corazón enamorado.


Punto y raya
Emanuel Elías Sánchez

El guía explica que el gabinete de física llegó intacto desde 1907. El grupo se detiene ante las vitrinas, ante el telégrafo con su tecla de bronce gastada. El anciano camina al final de la fila, sin mirar lo que el guía señala. Arrastra los pies sobre la madera vieja. Mira sus manos, colgando a los costados como objetos prestados.


Un turista, separado del grupo, golpea la tecla al pasar. El sonido seco atraviesa la sala. Las manos del anciano se cierran antes de que su cara reaccione.


Afuera empieza el eclipse. El guía saca al grupo al patio para verlo. La sala queda vacía, menos oscura que el cielo. El anciano se acerca al telégrafo. Sus dedos encuentran la tecla sin dudar, con una exactitud que no tenía un minuto antes para abrocharse el abrigo. Empieza a teclear. El ritmo es limpio y antiguo: puntos y rayas que se encadenan sin pausas torpes.


La luz vuelve de golpe. Las voces vuelven con ella. El anciano sigue con el dedo sobre la tecla, presionando un punto que ya no suena, mirando el aparato, y luego su propia mano, como dos objetos desconocidos.


A las cinco de la sombra

Raúl Guerrero Payo

       En agosto de 1938, convencidos de que ni la Historia tenía derecho a estropearles la luna de miel, Emilia y Marcelino se detuvieron en un pequeño pueblo del norte peninsular.
        Llegaron hambrientos a la única venta. Afuera quedó el burro, cargado con sus diarios de viaje.
        —Esta tarde hay toros —les dijo el ventero—. Acérquense, que aquí la guerra ni se oye.
        Durante la corrida, el sol se retiró del ruedo; una luna torera le puso luto a la tarde.
      Desde su palco habló el sacerdote, que confesó no creer en Dios. El alcalde declaró que la guerra solo beneficiaría al pueblo si morían los de fuera. Su esposa dijo que llevaba veinte años sin quererlo. Algunos novios descubrieron que sus para siempre no pasarían del verano. Los militares telegrafiaron a sus superiores que ya no pensaban seguir muriendo y que, si tanto honor había en matarse, podían empezar ellos.
    Los registros atribuyeron el comportamiento a una alucinación colectiva producida por trigo contaminado con cornezuelo.
      En sus diarios, Emilia y Marcelino denominaron al fenómeno Suspensión temporal de la ficción comunicativa. Mientras la luna tapaba el sol, la verdad recuperó su luz.

Relativismo
Ana María Abad García

    Sigo caminando, hundiéndome hasta los tobillos en estas malditas arenas ardientes. Pero no puedo detenerme, tengo que llegar a lo alto de la siguiente duna antes del eclipse. A mis pies, el desierto infinito reluce bajo los rayos inmisericordes que nublan mi vista y queman mi piel. Por poco tiempo: la sombra ya comienza a devorar los bordes del disco solar, avanzando por su superficie como si un ejército de hormigas engullese toda luz y calor.
    Completado el proceso, cuando ya solo queda un delgado hilo dorado acotando una perfecta esfera negra, el suelo se estremece, vibra, ruge. Debajo de mí se abre un remolino, me traga, me deslizo entre el polvo. Caigo a plomo, gimo, me alzo. Miro alrededor, elevo la vista al cielo de vidrio. Y compruebo que, en este lado del reloj de arena, el eclipse es de luna.


Una taza de horizonte
Nuria Rodríguez Fernández

Cada jueves, a las siete, el grifo de la cocina de mi abuela vertía una taza exacta de mar: espuma, olor a algas y a veces una escama de plata. Ella decía que algunas casas, al envejecer, recuerdan los lugares donde quisieron vivir.

El día del eclipse, en vez de mar, apareció un barquito de papel con mi nombre y una nota escrita por mi abuelo, muerto antes de que yo aprendiera a leer. Mi abuela la leyó serena, besó el papel y sonrió. Desde entonces, cada jueves bebemos en silencio nuestra taza de horizonte, esperando el próximo eclipse, por si vuelve a traernos una señal de quienes amamos y nunca terminan de irse.


Gramática del pasto
Diego Alejandro Tapias Vásquez

        El eclipse no fue un evento astronómico, sino un borrador del mundo. A las tres de la tarde, la luna mordió el sol y el pueblo se quedó sin gramática. Cuando la luz regresó, los habitantes conservaban sus formas, pero habían perdido el uso de sus objetos. Un herrero intentaba golpear el aire con su martillo, buscando una forma que ya no existía en su memoria, mientras el maestro de escuela miraba sus libros con la misma indiferencia con la que se mira un montón de piedras. Para el ocaso, la plaza era un abrevadero. Nadie pronunciaba sonidos humanos; solo gruñidos sordos que imitaban el peso de la tierra húmeda. Las familias se disgregaron hacia el monte, no por voluntad, sino por una inercia animal. Ya no quedaban mapas ni apellidos, solo cuerpos erguidos que, al sentir el hambre, se desplomaron sobre el pasto para ramonear con la desgana de las bestias. No hubo tragedia, porque para sufrir hace falta un nombre, y aquella noche, en el pueblo, no quedó nadie capaz de pronunciar el suyo.

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